Crítica de Avatar

El estreno que tiene lugar el próximo viernes en cines de todo el mundo es uno de esos eventos que, independientemente de su calidad final, un buen aficionado al séptimo arte (y sobretodo al cine espectáculo) no debería perderse bajo ninguna circunstancia.

Y es que, más de diez años después del estreno de Titanic -cuyo éxito la convirtió en la película más taquillera de todos los tiempos-, el oscarizado director James Cameron vuelve a las andadas con el proyecto más ambicioso de su carrera, el cual supongo que no necesitará presentación alguna.

avatar

No es para menos, ya que la aventura de Avatar empezó a gestarse hace unos quince años, cuando Cameron, inspirado en “todos y cada uno de los libros de ciencia ficción que había leído de niño” (sic), escribió unas 220 páginas en formato novela sobre la idea de una nueva raza humanoide, su cultura y la historia de la colonización de su planeta por parte de la humanidad.

Una década más tarde, después de Titanic y de sus andaduras por el documental y la experimentación del cine en tres dimensiones, adaptó sus ideas a un guión, y empezó a trabajar en la película. El director de Mentiras arriesgadas declaró que no quería crear a los Na’Vi -los alienígenas habitantes de Pandora que ha creado para Avatar- de forma puramente artesanal, a partir de actores reales y toneladas de maquillaje y prótesis. Su intención siempre ha sido plasmarlos digitalmente, un terreno en el que Cameron y su equipo no sólo se mueven como pez en el agua, sino que han innovado como nadie. Lo hizo en Abyss, y lo repitió con Terminator 2: El juicio final, dejando a medio mundo con la boca abierta gracias a ese prodigio técnico que supuso y sigue siendo el T-1000 en estado líquido (interpretado en su estado “normal” por Robert Patrick).

Para Titanic, la sorpresa de los “stunts” digitales y la utilización de maquetas en multitud de tamaños, no fue tan significativa, pero empezó a verse a un Cameron innovando en el terreno técnico, junto con su hermano Mike (ingeniero aeronáutico), creando desde la nada unas cámaras especialmente para poder filmar el metraje donde el barco de los sueños real hacía acto de presencia, bajo la terrible y feroz presión del Océano Atlántico, a aproximadamente tres kilómetros de profundidad.

La sorpresa técnica que Cameron tenía preparada para Avatar no la revelaría hasta el verano de hace tres años, cuando anunció que crearía su propio sistema de cámaras para filmar en 3D como nunca se había hecho antes, utilizando dos cámaras de alta definición en un solo cuerpo para crear una sensación de profundidad más real. El sistema también permitiría agilizar el proceso de post-producción, haciéndolo casi inmediato, añadiendo el entorno digital después de que las emociones e interpretaciones de los actores hubieran sido capturadas, y permitiendo observar directamente en un monitor cómo los actores virtuales homólogos interactúan con la película del mundo digital en tiempo real, ajustando y dirigiendo las tomas y secuencias como si fuese acción en vivo.

Teniendo en cuenta los antecedentes, no es nada extraño que Avatar despertara unas expectativas tan grandes, ya desde su gestación. El regreso de Cameron, uno de los mejores directores de cine espectáculo que existen, y todas las promesas técnicas que ha hecho durante todos estos años, han alimentado la promoción casi gratuita de la película por todo el ciberespacio, en multitud de foros, páginas y blogs dedicados al cine.

Ahora que llega su estreno, todo el mundo se está haciendo la misma pregunta: ¿Estará Avatar a la altura de toda la expectación generada?

Bueno, según se mire… Personalmente, recomendaría a todos aquellos que vayan al cine este viernes que se relajasen. Como dijo Harrison Ford (o Steven Spielberg, ahora mismo no lo recuerdo muy bien) durante la promoción de Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal: “es sólo una película”. Dejad el hype con vuestro dinero invertido, junto a la taquillera, y abrid vuestras mentes a esa realidad.

Porque Avatar no es la panacea de todos los males del séptimo arte… pero sí lo será para vuestras ansias de ver uno de los mayores espectáculos de la década.
No, el filme no cuenta nada nuevo. De hecho, es uno de los remixes más flagrantes que se han hecho últimamente, viniendo a ser una mezcla entre Bailando con lobos, Pocahontas y La princesa Mononoke ubicada en una galaxia muy, muy lejana. Pero al fin y al cabo, a no ser que sean unos males intolerables para nuestras pobres mentes, los tópicos y los clichés constantes no deberían ser una molestia importante si el guión, en el fondo, es sólido y está bien hilvanado. Por fortuna y pese a ser más de lo mismo, la historia de Avatar es sólida y está bien construida, sin caer en momentos ilógicos con las acciones de sus personajes, además de ser muy consciente de que al espectador se le ha de respetar y tomar en serio.

Teniendo en cuenta esto y la naturaleza de su director, no habrá ningún problema para disfrutar de lo que sin duda alguna es el máximo aliciente de la película: el espectáculo. Sí, James Cameron no se equivocaba ni exageraba al hablarnos entusiasmado del apartado técnico de Avatar. Tampoco lo hacía Sam Worthington, el protagonista de la cinta, al afirmar que ésta era “jodidamente real”. Y es que, técnicamente hablando, no sólo es la mejor película en tres dimensiones que se podrá ver hasta ahora, sino que posee los mejores efectos visuales que se han hecho hasta ahora.

Desconozco hasta dónde el 3D (imprescindible, por cierto) juega un factor importante, pero el CGI mejora enormemente respecto a lo que vimos en el tráiler, donde sin duda nos pusieron las peores tomas de la película. De hecho, es la primera vez que me olvido que estoy viendo “muñecos” creados por ordenador, por mucho motion capture que haya.

El diseño de los Na’Vi podrá gustar más, menos o nada, pero el realismo que se ha conseguido con ellos, una vez superada la barrera de la incertidumbre, deja al Gollum de Andy Serkis a la altura de Roger Rabbit. Tanto los dobles digitales de Sam Worthington, Sigourney Weaver y Zoe Saldana pasan perfectamente por los actores reales, por no hablar de la integración absolutamente perfecta de los actores en un entorno totalmente digital, tal y como Cameron había prometido. Al menos en 3D, los planos son tan naturales como creíbles, con una profundidad sin precedentes, al contrario que las ahora mediocridades prehistóricas que se pueden ver en las precuelas de Star Wars, y en el King Kong selvático de videojuego que nos ofreció Peter Jackson. Ni un solo croma que cante, ni una sola toma donde existan movimientos raros por la integración entre lo real y lo digital. Una secuencia que sirve como ejemplo perfecto sería cuando el personaje de Zaldana, Neytiri (que gracias a la técnica de movimiento consigue captar la interpretación de la actriz con una fidelidad que asusta), interactúa físicamente con el de Worthington.

Sí, una mano digital grande como una cabeza humana entra en contacto con la parte derecha del rostro del protagonista, sin tembleques ni halos extraños. Sí, nos lo creemos al instante.

Las secuencias de acción no podían estar más a la altura de las circunstancias. Por supuesto, estamos hablando de James Cameron, el rey montando pifostios que nos dejen con la boca abierta. ¿Qué es lo que ocurre cuando un director así no tiene limitación física alguna para recrear lo que tiene en mente, gracias a las nuevas tecnologías, y sobretodo a las que ha creado expresamente para esta película? Que nos encontraremos con un espectáculo masivo de los que ya merecen la pena pagar la entrada (y más cuando supone un coste adicional por las 3D), al servicio tanto de la acción como de la perfecta recreación del planeta Pandora: un entorno totalmente rico en detalles y fascinante en su diseño, pero lo más importante de todo: completamente vivo.

Desde luego, para los que busquen algo trascendental y profundo a la hora de ir al cine, no será su película. Es una certeza matemática que la historia de Avatar peca de ser tan poco original que podrá suponer un handicap para algunas personas. Francamente, cuando el director es James Cameron, uno ya sabe a lo que atenerse. Sus pretensiones son obvias, “as usual”, y su sentido del espectáculo sigue intacto e in crescendo.

En ese sentido, Avatar supondrá la mejor inversión que podréis hacer en una sala de cine y, por supuesto, uno de los mejores festines audiovisuales que podréis ver ahora y, quién sabe, quizá en algunos años. ¿Lo mejor? Que junto con el 3D, abre un amplísimo abanico de posibilidades para el futuro, dejando a un lado todo tipo de complejos que la era digital del cine ha tenido a lo largo de casi veinte años.

fuente: cinefilo

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